Hace ya un par de años traté, con mucho esfuerzo, dejar de fumar – puede ser que para muchos esto no signifique ningún esfuerzo – pero, para mí fue un suplicio. Al igual que para muchos esto puede ser un eterno castigo, algunos lo logran, otros “mueren en el intento”, quiero decir, que no lo consiguen.
Pretendí comenzar un día sábado, mala elección, porque es el día de las fiestas, por lo tanto, se fuma bastante. Bueno, al final de ese día o más bien madrugada, terminé fumando más que todos los que estaban en el “carrete”; uno tras otro me acabé alrededor de dos cajetillas. Al día siguiente, claro, tenía la garganta hecha polvo, apenas hablaba y con un sabor muy amargo, que lograba que todo lo que comía tuviera el mismo sabor. Luego de ese mal despertar tomé una importante decisión...
Me propuse poner fin a esa obsesión, o más bien, un vicio. No me traería nada bueno para el futuro de mi salud, así que me puse en “campaña”; regalé, con dolor, las cajetillas que me quedaban, porque siempre tenía dos o tres para la semana, claro que al final siempre se me acababan en la mitad de ésta; boté y regalé encendedores y comencé con una semana que, creo, fue la más larga de mi vida, continuando con otra que me complicó todo.
El lunes no fue tan difícil, no obstante, me levanté con ganas de consumir un cigarrillo, aunque, logré controlarlo. Tuve un día inquietante, pero no caí, aunque en la universidad, como estábamos en período de exámenes finales, la tentación era inmensa y más con mis compañeros nerviosos, fumando uno tras otro (era el primer examen así que no sabíamos como sería). En fin, ese día había terminado sin mayores problemas; el martes pensé que la situación estaba controlada, no tenía tantas ganas de fumar, así que, no fue gran cosa; así pasó el miércoles, el jueves, viernes, sábado, que aunque me fui de fiesta ese día no probé ninguno, estuve bien hasta el miércoles. Ya llevaba un poco más de una semana, hasta que comenzó la desesperación, adonde quiera que iba alguien estaba con “el vicio en la mano”; me imaginaba que cada vez que ellos botaban humo era yo, me acercaba a los demás sólo para olerlo, pero a todos les decía que estaba tratando de dejarlo y que no había fumado en una semana y no tenía ganas de hacerlo, mentira, engañaba a los demás y a mí misma; deseaba con desesperación tener uno en mis manos, olerlo, sentirlo – puede ser que a muchos esto les parezca exagerado, pero todo aquel que haya tratado de dejarlo sabe a lo que me refiero – era inquietante no tener uno o por lo menos, la mitad.
Una amiga me dijo que la mejor forma de olvidarme del cigarro era reemplazarlo por algo, así que eso hice. Lo reemplacé por dulces que, aunque en abundancia es dañino, era la única forma de controlarme; me daban ganas y compraba un dulce; veía a alguien fumar y me compraba otro. Al principio funcionó de maravilla, pero al pasar unos días no lo soporté.
Llegué a mi casa luego del trabajo buscando entre mis cosas alguno escondido –no había por ningún lado– entonces partí a comprar. Apenas me lo pasaron lo encendí, al hacerlo, sentí una gran satisfacción, ni siquiera me preocupé de lo que me provocaría a fututo, ni mucho menos; estaba en las nubes. Lo disfruté tanto, que creo nunca había sentido tanta emoción al fumar.
Cuando lo terminé, pensé que tal vez, uno o dos al día era menos dañino que una cajetilla; creo que el no fumar tantos días no provocó dejarlo, pero, sí medirme. Para muchas personas es tan sólo cosa de voluntad, tal vez esto sea cierto, pero es más difícil de lo que se imaginan. Desde entonces traté de controlarme más; ahora soy lo que se puede decir una “fumadora social y ocasional” esto quiere decir que, en ocasiones, cuando estoy con mis amigos tomando algo en alguna fiesta, pub, restaurante o cosas así, fumo, pero, muy poco. Claro está que algún día deberé dejarlo por completo, mientras tanto, será como dije, en ocasiones...
24 mayo 2006
DEJAR DE FUMAR... FUERON DOS SEMANAS DE CASTIGO


